Oraciones a María
Con estas palabras, María reconoce en primer lugar los dones singulares que le han sido dados, pero también alude a los beneficios comunes con los que Dios no cesa de favorecer al género humano.
El alma de quien consagra todos sus afectos interiores a la alabanza y al servicio de Dios, proclama la grandeza del Señor. Y, con la observancia de los preceptos divinos, él o ella demuestra que nunca deja en el desamparo del olvido todos los grandes logros de la majestad de Dios. Tal espíritu se hace feliz: aquel cuyo único deleite consiste en el recuerdo de su Creador, de quien espera la salvación eterna.
Estas palabras, que son aplicables a todos los santos, encuentran su lugar más adecuado en los labios de la Madre de Dios, ya que ella, a través de un privilegio único, ardió con un amor espiritual hacia Aquel que ella llevó corporalmente en su vientre.
Porque el Todopoderoso ha hecho grandes cosas por mí: Santo es Su Nombre.
María no atribuye nada a sus propios méritos. Toda su grandeza está referenciada en su donación gratuita a Aquel que en esencia es poderoso y grande, y que tiene como norma la elevación de sus fieles de su pequeñez y debilidad para hacerlos grandes y fuertes.
Ella golpeó la marca al añadir: santo es Su Nombre, para que los que la oyeron y todos los que quisieran recibir sus palabras comprendieran que ella debía procurarles esta fe y darles el recurso a Su Nombre, lo que a su vez les procuraría, también, una participación en la eterna santidad y en la verdadera salvación, de acuerdo con el oráculo profético que afirma: todos los que invocan el Nombre del Señor serán salvos, ya que en este Nombre se identifica el que antes proclamó: mi espíritu se regocija en Dios mi salvador.
Por eso se introdujo en la Iglesia la hermosa y sana costumbre de cantar diariamente el Cántico de María en la salmodia de la alabanza vespertina. De este modo, el recuerdo frecuente de la Encarnación del Señor enciende la devoción de los fieles; la meditación repetida de los ejemplos de la Madre de Dios los afirma y corrobora en la solidez de su virtud. Y esto es precisamente en el momento de las Vísperas, para que nuestra mente, fatigada y tensa por el trabajo y todas las múltiples preocupaciones del día, al llegar a la hora del reposo, vuelva a encontrar el retiro, la renovación y la paz del espíritu.
El alma de quien consagra todos sus afectos interiores a la alabanza y al servicio de Dios, proclama la grandeza del Señor. Y, con la observancia de los preceptos divinos, él o ella demuestra que nunca deja en el desamparo del olvido todos los grandes logros de la majestad de Dios. Tal espíritu se hace feliz: aquel cuyo único deleite consiste en el recuerdo de su Creador, de quien espera la salvación eterna.
Estas palabras, que son aplicables a todos los santos, encuentran su lugar más adecuado en los labios de la Madre de Dios, ya que ella, a través de un privilegio único, ardió con un amor espiritual hacia Aquel que ella llevó corporalmente en su vientre.
Oraciones a María
Razonablemente, podía regocijarse en Jesús, su Salvador -más que en ningún otro santo-, porque sabía que Aquel a quien reconocía como el eterno autor de la salvación nacería de su carne, engendrado en el tiempo, y sería, en una misma y única persona, su verdadero hijo y Señor.Porque el Todopoderoso ha hecho grandes cosas por mí: Santo es Su Nombre.
María no atribuye nada a sus propios méritos. Toda su grandeza está referenciada en su donación gratuita a Aquel que en esencia es poderoso y grande, y que tiene como norma la elevación de sus fieles de su pequeñez y debilidad para hacerlos grandes y fuertes.
Ella golpeó la marca al añadir: santo es Su Nombre, para que los que la oyeron y todos los que quisieran recibir sus palabras comprendieran que ella debía procurarles esta fe y darles el recurso a Su Nombre, lo que a su vez les procuraría, también, una participación en la eterna santidad y en la verdadera salvación, de acuerdo con el oráculo profético que afirma: todos los que invocan el Nombre del Señor serán salvos, ya que en este Nombre se identifica el que antes proclamó: mi espíritu se regocija en Dios mi salvador.
Por eso se introdujo en la Iglesia la hermosa y sana costumbre de cantar diariamente el Cántico de María en la salmodia de la alabanza vespertina. De este modo, el recuerdo frecuente de la Encarnación del Señor enciende la devoción de los fieles; la meditación repetida de los ejemplos de la Madre de Dios los afirma y corrobora en la solidez de su virtud. Y esto es precisamente en el momento de las Vísperas, para que nuestra mente, fatigada y tensa por el trabajo y todas las múltiples preocupaciones del día, al llegar a la hora del reposo, vuelva a encontrar el retiro, la renovación y la paz del espíritu.
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